Autor: Farah Chavarría

  • Experiencias que afectan la personalidad


    La personalidad de una persona se forma a lo largo de su vida, influenciada por una combinación de factores biológicos, psicológicos y sociales. Entre estos, las experiencias vividas en etapas tempranas, como la infancia y la adolescencia, juegan un papel fundamental. Estas experiencias moldean la manera en que entendemos el mundo, nos relacionamos con los demás y construimos nuestra identidad.

    Sin embargo, no todas las experiencias ocurren en un ambiente favorable o en el momento adecuado. Situaciones como duelos, traumas, responsabilidades prematuras, abandono o contextos familiares poco contenedores pueden interrumpir el desarrollo emocional esperado. Estas interrupciones afectan la forma en que la personalidad se configura y puede generar patrones emocionales y relacionales que persisten en la vida adulta.


    Etapas de desarrollo interrumpidas: infancia y adolescencia

    El desarrollo emocional saludable ocurre por etapas. Cada una de ellas cumple una función clave en la construcción de la personalidad. La infancia permite establecer las bases del apego, la seguridad emocional y la confianza básica en el mundo. La adolescencia, por su parte, es la etapa en la que se consolida la identidad personal y se ejercita la autonomía.

    Cuando estas etapas se ven interrumpidas por experiencias adversas —como duelos no acompañados, trauma, exigencias adultas prematuras o entornos poco seguros emocionalmente—, es común que ciertas tareas psicológicas queden incompletas. A esto se le llama una interrupción del desarrollo emocional.


    Infancia interrumpida

    En la infancia, estas interrupciones suelen estar relacionadas con:

    • Ausencia de vínculos seguros o figuras de apego estables.
    • Crianza exigente, negligente o emocionalmente ausente.
    • Responsabilidades adultas antes de tiempo (por ejemplo, cuidar a hermanos, consolar a adultos, asumir roles parentales).
    • Experiencias de abuso, abandono o violencia directa o presenciada. Separaciones o duelos no elaborados.

    Estas vivencias afectan la forma en que una persona se percibe a sí misma y al mundo. Suelen generar patrones como inseguridad constante, necesidad excesiva de aprobación, hipervigilancia emocional, o dificultad para regular emociones básicas. En la adultez, muchas veces estas personas desarrollan una personalidad complaciente, hipersensible al rechazo o con un fuerte temor al conflicto.


    Adolescencia interrumpida

    La adolescencia es la etapa en la que se consolidan la identidad, la diferenciación del grupo familiar, la autonomía emocional y el desarrollo de valores propios. Es esperable que durante esta etapa haya dudas, rebeldía, experimentación e incluso crisis.

    Cuando esta etapa es interrumpida por factores como:

    • Falta de espacio para expresarse libremente o explorar quién se es.
    • Contextos donde se invalida la emoción o se castiga la rebeldía.
    • Responsabilidades que impiden vivir el proceso adolescente con libertad (mudanzas, cuidar familiares, presión por comportarse como adulto).
    • Vínculos sexoafectivos que consumen emocionalmente, con duelos amorosos prematuros o relaciones dependientes.

    …el resultado suele ser un adulto con una identidad poco clara, dificultades para poner límites, necesidad de pertenecer a cualquier costo, o sensación de haber “saltado etapas”.

    Es común que, en algún momento de la adultez, estas personas sientan que están “viviendo su adolescencia ahora”, con emociones intensas, confusión o necesidad de explorarse de nuevo. Desde la psicología, esto no se considera regresión, sino un intento natural y sano del yo de completar una etapa que fue interrumpida.


    Otras experiencias que afectan la personalidad

    Además de las etapas de desarrollo interrumpidas, existen otras experiencias que pueden influir significativamente en la forma en que se configura la personalidad a lo largo del tiempo. Estas experiencias no siempre están ligadas a una edad específica, pero dejan huellas emocionales que condicionan la percepción del mundo, de los vínculos y de uno mismo.

    1. Experiencias traumáticas

    El trauma psicológico puede definirse como una vivencia abrumadora que supera la capacidad del individuo para procesarla o integrarla emocionalmente. Algunas experiencias traumáticas comunes incluyen:

    • Abuso físico, emocional o sexual.
    • Situaciones de negligencia o abandono afectivo.
    • Exposición prolongada a violencia doméstica.
    • Accidentes, enfermedades graves o pérdidas súbitas.
    • Separaciones prolongadas o rupturas significativas sin acompañamiento emocional.

    Estas experiencias pueden generar respuestas adaptativas intensas, como hipersensibilidad al rechazo, desconfianza, reacciones defensivas, o desconexión emocional. Si no se trabajan, estas respuestas tienden a cristalizarse y convertirse en rasgos de personalidad defensivos o desadaptativos.

    2. Factores sociales y culturales

    La personalidad también se ve influida por el entorno sociocultural en el que se desarrolla una persona. Algunas experiencias que pueden moldearla negativamente incluyen:

    • Discriminación o exclusión sistemática (por género, raza, orientación sexual, clase social, etc.).
    • Estilos de crianza autoritarios, basados en la vergüenza o el castigo.
    • Mensajes culturales que promueven la autosuficiencia extrema, la represión emocional o la sobreexigencia. Falta de modelos positivos de expresión emocional o cuidado personal.

    Estos factores pueden generar mecanismos de defensa como el perfeccionismo, la hiperindependencia, la evitación emocional o una identidad rígida basada en expectativas externas.


    Patrones de personalidad vinculados a estas experiencias

    Cuando una persona atraviesa experiencias que interrumpen su desarrollo emocional o afectan su bienestar psicológico —como las descritas en los puntos anteriores—, su sistema psíquico genera respuestas adaptativas para poder sostener la situación. Con el tiempo, estas respuestas pueden consolidarse y convertirse en patrones de personalidad.

    Es importante aclarar que muchos de estos patrones no reflejan la esencia auténtica de la persona, sino mecanismos aprendidos para sobrevivir, pertenecer o evitar el dolor. Al no ser conscientes de su origen, se repiten de forma automática en diferentes contextos de la vida adulta, especialmente en las relaciones interpersonales.


    Patrones comunes:

    1. Complacencia excesiva o hiperadaptación

    • Origen: suele surgir en infancias donde el amor estaba condicionado al buen comportamiento o a la utilidad.
    • Características: dificultad para decir que no, necesidad de aprobación constante, miedo al conflicto o al rechazo.
    • Efecto en la personalidad: identidad poco definida, tendencia a priorizar a los demás por encima de las propias necesidades.

    2. Rol de salvador/a o hiperresponsabilidad emocional

    • Origen: común en personas que, desde temprana edad, asumieron roles de cuidado hacia adultos o hermanos.
    • Características: sensación de que deben “arreglar” a los demás, dificultad para soltar relaciones disfuncionales, culpa por no estar disponibles.
    • Efecto en la personalidad: sobrecarga emocional, atracción por vínculos desequilibrados, pérdida de límites.

    3. Evitación emocional o desapego afectivo

    • Origen: experiencias de rechazo, abandono o invalidación emocional.
    • Características: dificultad para confiar, evitar la intimidad, necesidad de control.
    • Efecto en la personalidad: rigidez emocional, autosuficiencia defensiva, relaciones superficiales o distantes.

    4. Autosabotaje y sentimiento de no merecimiento

    • Origen: entornos donde se criticaba más de lo que se reconocía, o donde el éxito era inseguro o castigado.
    • Características: miedo a avanzar, patrones de fracaso repetido, inseguridad persistente.
    • Efecto en la personalidad: baja autoestima, autolimitación, bloqueo frente a logros o vínculos sanos.


    Estos patrones pueden variar en intensidad y forma, pero todos comparten un origen emocional que se puede trabajar en contextos terapéuticos. Reconocerlos no es una forma de etiquetarse, sino un primer paso para comprender por qué reaccionamos como lo hacemos, y abrir la posibilidad de construir una versión más libre y auténtica del yo.


     Implicaciones emocionales y relacionales

    Los patrones de personalidad originados en experiencias difíciles o en etapas de desarrollo interrumpidas no solo influyen en cómo una persona se percibe a sí misma, sino también en la forma en que se vincula con los demás. La personalidad actúa como un filtro a través del cual interpretamos, reaccionamos y construimos nuestras relaciones. Cuando este filtro está condicionado por heridas no resueltas, es común que surjan dificultades emocionales y relacionales repetitivas.


    1. Dificultades en la regulación emocional

    Las personas que vivieron interrupciones en su desarrollo emocional suelen presentar:

    • Desbordes emocionales frecuentes, como llanto intenso, estallidos de ira o ansiedad.
    • Dificultades para identificar o nombrar lo que sienten, lo que impide procesar las emociones adecuadamente.
    • Tendencia a reprimir o minimizar lo que les afecta, creyendo que no deben molestar, exagerar o mostrarse vulnerables.

    Esta falta de regulación emocional puede afectar la autoestima, dificultar la toma de decisiones y generar un estado de tensión interna constante.


    2. Problemas de vinculación afectiva

    Muchos de los patrones mencionados anteriormente influyen directamente en la manera en que las personas se relacionan:

    • Vínculos basados en la dependencia emocional: búsqueda de aprobación, necesidad de ser “necesarias” para el otro, dificultad para soltar relaciones insanas.
    • Relaciones evitativas o defensivas: miedo a la intimidad, dificultad para confiar, necesidad de mantener distancia emocional.
    • Confusión entre amor y sacrificio: normalización del dolor o la desregulación dentro de los vínculos, especialmente en relaciones sexoafectivas.

    En estos casos, es común que la persona repita dinámicas familiares tempranas, intentando inconscientemente reparar lo que no se resolvió en la infancia o adolescencia.


    3. Impacto en la construcción de la identidad

    Cuando la personalidad está construida sobre mecanismos defensivos, puede dificultarse el desarrollo de una identidad clara y estable. Algunas manifestaciones comunes incluyen:

    • Sentirse “perdida” o con una imagen de sí misma muy dependiente del entorno.
    • Cambiar de intereses, formas de actuar o parecer según la compañía o el contexto. Confundir necesidades propias con expectativas externas.

    Estas consecuencias afectan no solo la vida emocional, sino también la capacidad de tomar decisiones auténticas, sostener proyectos personales y establecer vínculos sanos y recíprocos.


    Perspectivas terapéuticas para la reparación

    Aunque las experiencias tempranas influyen en la configuración de la personalidad, no determinan de forma definitiva quiénes somos. El trabajo terapéutico permite identificar los patrones formados a partir de experiencias dolorosas o etapas interrumpidas, y ofrece herramientas para transformarlos. La psicoterapia no solo ayuda a aliviar el malestar, sino que también permite reorganizar la forma en que la persona se relaciona consigo misma y con el mundo.


    Enfoques clínicos que abordan estas experiencias

    Existen varios modelos terapéuticos que integran el trabajo con el desarrollo emocional y la personalidad. Algunos de los más utilizados en este contexto son:

    • Terapia del desarrollo (psicodinámica o integrativa): trabaja la historia personal desde la infancia y cómo esta se refleja en el presente.
    • Terapia basada en el apego: se enfoca en la reparación de vínculos primarios inseguros y en el desarrollo de vínculos terapéuticos seguros.
    • Terapia de partes (IFS – Internal Family Systems): permite trabajar con “partes” del yo (como la niña herida o el adulto protector), entendiendo sus funciones y buscando integración.
    • Terapia centrada en el trauma: ayuda a procesar eventos no integrados emocionalmente, reduciendo su impacto en el presente.
    • Terapia Gestalt y enfoque humanista: facilitan el contacto emocional con uno mismo y el desarrollo de la autenticidad.
    • Constelaciones familiares (desde un enfoque profesional y ético): exploran dinámicas familiares inconscientes que condicionan la identidad y los vínculos.


    Herramientas complementarias

    Además de la psicoterapia, existen prácticas personales que pueden acompañar el proceso de reparación emocional y fortalecimiento de la identidad:

    • Reparentalización emocional: aprender a tratarse a una misma con el cuidado, la contención y los límites que faltaron en etapas anteriores.
    • Escritura terapéutica o autorreflexiva: permite dar forma a la historia personal, reconocer patrones y resignificar vivencias.
    • Trabajo con el cuerpo y la emoción: disciplinas como el yoga, la terapia somática o la respiración consciente ayudan a liberar tensiones acumuladas y recuperar conexión corporal.
    • Límites saludables: aprender a identificar, expresar y sostener límites permite recuperar agencia personal.
    • Espacios de validación emocional segura: rodearse de vínculos donde sea posible expresarse sin juicio favorece la integración emocional.


    El objetivo del trabajo terapéutico no es “cambiar la personalidad” sino hacerla más consciente, flexible y coherente con la historia emocional de cada persona. Al comprender el origen de ciertos rasgos, se abre la posibilidad de elegir otras formas de estar en el mundo, menos condicionadas por el dolor y más alineadas con el bienestar personal.


    La personalidad no surge de manera aislada ni es un rasgo fijo e inmodificable. Está profundamente influenciada por las experiencias que vivimos, especialmente en etapas sensibles como la infancia y la adolescencia. Cuando esas etapas se ven interrumpidas o marcadas por situaciones difíciles, es común que el yo desarrolle formas de adaptación que luego se expresan como patrones de personalidad en la vida adulta.

    Comprender el vínculo entre estas experiencias y la personalidad permite dejar de ver ciertos rasgos como “fallas personales” y empezar a verlos como respuestas legítimas a contextos emocionales complejos. Esta mirada no solo ofrece comprensión, sino también una vía para el cambio.

    El proceso terapéutico, junto con la autoexploración y el cuidado emocional consciente, puede abrir la posibilidad de reorganizar estos patrones, recuperar lo que no se vivió a tiempo y construir una versión más integrada, estable y auténtica del yo.

    Reconocer lo vivido no es quedarse en el pasado, sino darle un lugar dentro de la historia personal para poder avanzar con más claridad y libertad.


    Bibliografía

    Psicología del desarrollo y construcción de la personalidad

    Papalia, D. E., Wendkos Olds, S., & Duskin Feldman, R. (2009). Desarrollo humano. McGraw-Hill. Erikson, E. H. (1968). Identidad, juventud y crisis. Editorial Paidós. McAdams, D. P. (2001). La personalidad: Una visión narrativa. McGraw-Hill.

    Trauma, desarrollo emocional y apego

    Bowlby, J. (1988). Una base segura: Aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Morata.

    Van der Kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.

    Siegel, D. J. (2012). Cerebro y mindfulness. Editorial Kairós. Schore, A. N. (2003). Affect Regulation and the Repair of the Self. Norton.

    Infancia, adolescencia y reparación emocional

    Neufeld, G., & Maté, G. (2006). Hold On to Your Kids: Why Parents Need to Matter More Than Peers. Ballantine Books.

    Blos, P. (1967). La adolescencia: una interpretación psicoanalítica. Paidós.

    Winnicott, D. W. (1965). Realidad y juego. Gedisa.

    Terapias integrativas y enfoque humanista

    Schwartz, R. C. (2021). No soy yo: Cómo la terapia de partes puede sanar y liberar tu yo auténtico. Gaia Ediciones.

    Rojas-Bermúdez, J. (1984). El juego dramático terapéutico. Editorial Científica y Técnica.

    Perls, F., Hefferline, R., & Goodman, P. (1951). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. Cuatro Vientos.

    Bibliografía complementaria para público general (autoexploración)

    Mark Wolynn (2016). Este dolor no es mío: Cómo sanar y superar el legado familiar heredado. Gaia Ediciones.

    Alice Miller (1998). El cuerpo nunca miente: El poder del inconsciente. Tusquets Editores.

    Clarissa Pinkola Estés (1992). Mujeres que corren con los lobos. Random House Mondadori.

  • La personalidad en la salud mental: entre lo adaptativo y lo desregulado


    La personalidad es el conjunto de patrones relativamente estables con los que interpretamos el mundo, nos vinculamos con otros y damos sentido a lo que sentimos y hacemos. Pero cuando esos patrones se vuelven rígidos, extremos o inflexibles —y generan sufrimiento o dificultades para adaptarse— pueden convertirse en un factor de riesgo para la salud mental.

    No se trata de etiquetar ni de patologizar el carácter humano, sino de comprender qué sucede cuando la forma de ser se vuelve una fuente de malestar, aislamiento o repetición de sufrimiento emocional.


    ¿Qué papel cumple la personalidad en la salud mental?

    • Puede ser un factor protector: una personalidad flexible, reflexiva, segura y empática facilita la adaptación emocional, la regulación afectiva y el establecimiento de vínculos sanos.
    • También puede ser un factor de vulnerabilidad: si hay rigidez, impulsividad extrema, desconfianza persistente, dependencia o evitación del contacto emocional, la personalidad puede volverse una traba para el crecimiento o la resolución de conflictos internos.

    En psicoterapia, es habitual observar cómo ciertos rasgos (como la necesidad excesiva de control, la dificultad para confiar, o el temor a ser abandonado) no solo generan sufrimiento, sino que también mantienen síntomas como ansiedad, depresión o problemas vinculares.


    ¿Qué son los trastornos de la personalidad?

    Los trastornos de la personalidad son patrones duraderos, inflexibles y desadaptativos de experiencia interna y comportamiento, que se desvían marcadamente de las expectativas culturales del individuo. Estos patrones:

    • Afectan el pensamiento, la emocionalidad, el funcionamiento interpersonal y el control de los impulsos.
    • Se manifiestan desde la adolescencia o adultez temprana.
    • Son persistentes en el tiempo y causan malestar clínicamente significativo o deterioro funcional.

    Importante: no se diagnostican a partir de un rasgo puntual o una etapa difícil. Requieren un análisis clínico profundo y una visión de conjunto a lo largo del tiempo.


    🔍 Clasificación de los trastornos de la personalidad

    Cuando la forma de ser se vuelve una fuente de dolor

    El DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) organiza los trastornos de la personalidad en tres grandes grupos o clústeres, según características comunes. Esta clasificación no pretende etiquetar a las personas, sino ayudar a identificar patrones persistentes que afectan el bienestar emocional y la calidad de vida.


    Grupo A: Personalidades excéntricas o extrañas

    Incluye formas de ser marcadas por el distanciamiento social, el pensamiento inusual o la desconfianza extrema.

    • Paranoide: desconfianza constante, tendencia a interpretar las acciones de otros como hostiles o amenazantes.
    • Esquizoide: desapego afectivo, escaso interés en relaciones cercanas, preferencia por la soledad.
    • Esquizotípico: pensamiento mágico, creencias extrañas, lenguaje o conducta excéntrica, dificultades para establecer vínculos.

    A menudo, estas personas han crecido en entornos inseguros o emocionalmente impredecibles.


    Grupo B: Personalidades dramáticas, emocionales o erráticas

    Patrones marcados por la impulsividad, la inestabilidad emocional y las dificultades relacionales.

    • Límite (Borderline): emociones intensas y cambiantes, miedo profundo al abandono, relaciones inestables, impulsividad y a veces conductas autolesivas.
    • Narcisista: sentido exagerado de la propia importancia, necesidad constante de admiración, baja empatía, vulnerabilidad ante la crítica.
    • Antisocial: desprecio por las normas sociales y los derechos de los demás, comportamiento impulsivo o manipulador, falta de remordimiento.
    • Histriónico: necesidad intensa de atención, expresividad emocional exagerada, seducción inapropiada, dramatización de las experiencias.

    Muchos de estos perfiles tienen raíces en traumas vinculares tempranos, donde la identidad y el vínculo emocional quedaron profundamente heridos.


    Grupo C: Personalidades ansiosas o temerosas

    Caracterizadas por el temor al rechazo, la necesidad de control o la sensación de insuficiencia.

    • Evitativa: temor constante a la crítica, baja autoestima, evitación de situaciones sociales por miedo al rechazo.
    • Dependiente: necesidad excesiva de ser cuidado, dificultad para tomar decisiones, miedo al abandono, sumisión.
    • Obsesivo-compulsiva (no confundir con TOC): perfeccionismo extremo, rigidez, necesidad de control, dificultad para delegar o ser flexible.

    Estas estructuras muchas veces se desarrollan en entornos donde se exigía demasiado o se castigaba el error, generando inseguridad persistente.


    Hablar de trastornos de la personalidad no es hablar de “gente difícil” ni de “etiquetas clínicas”, sino de personas que han construido defensas psicológicas intensas para sobrevivir emocionalmente.

    Muchos de estos patrones pueden aliviarse, resignificarse y flexibilizarse a través de procesos terapéuticos profundos, especialmente cuando se trabajan con respeto, vínculo seguro y consciencia del origen de ese sufrimiento.

    Lo que hoy parece un “problema de carácter”, muchas veces fue una estrategia de protección aprendida en momentos donde no había otra salida.


    🧠 ¿Cómo se abordan los trastornos de la personalidad en psicoterapia?

    Abordar un trastorno de la personalidad no significa “arreglar” a la persona, sino comprender el origen y la función de ciertos patrones que hoy causan dolor, pero que alguna vez fueron formas de protección. Por eso, la intervención debe ser cuidadosa, profunda y respetuosa con la historia de cada individuo.


    El vínculo terapéutico como herramienta central

    Las personas con estructuras de personalidad desregulada suelen haber vivido experiencias tempranas de:

    • Negligencia afectiva,
    • Inseguridad vincular,
    • Rechazo o invalidación emocional,
    • Traumas relacionales repetidos.

    Por eso, el proceso terapéutico no solo ofrece recursos o estrategias, sino que se convierte en una experiencia emocional correctiva, donde el paciente puede experimentar:

    • Confianza sostenida,
    • Límite seguro,
    • Validación emocional,
    • Espacio para explorar su identidad sin juicio.


    Enfoques terapéuticos eficaces

    Existen varios modelos que han demostrado efectividad para trabajar con trastornos de la personalidad, dependiendo de la estructura predominante y la historia personal. Algunos de los más utilizados son:

    • Terapia dialéctico-conductual (DBT): especialmente útil para el trastorno límite; trabaja la regulación emocional, la tolerancia al malestar y las habilidades interpersonales.
    • Terapia basada en esquemas (Schema Therapy): ayuda a identificar los esquemas emocionales disfuncionales formados en la infancia y a transformarlos.
    • Terapia cognitivo-conductual (TCC): trabaja creencias, pensamientos automáticos y conductas problemáticas.
    • Terapia psicodinámica y relacional: profundiza en los vínculos tempranos, los conflictos inconscientes y las defensas psíquicas que mantienen los patrones.
    • Terapia psicodinámica y relacional: profundiza en los vínculos tempranos, los conflictos inconscientes y las defensas psíquicas que mantienen los patrones.
    • EMDR y abordajes basados en trauma: cuando hay antecedentes traumáticos, se integran terapias que permiten reprocesar memorias dolorosas que aún afectan la personalidad.


    ¿Se puede sanar una estructura de personalidad?

    No se trata de “cambiar la personalidad” como si fuera un defecto. Se trata de:

    • Flexibilizar patrones rígidos,
    • Desarrollar autoconciencia emocional,
    • Construir una identidad más integrada y segura,
    • Aprender nuevas formas de vincularse consigo mismo y con los demás.

    Muchos pacientes logran cambios profundos y sostenidos. Pero no es un proceso lineal ni rápido. Se requiere tiempo, compromiso y, sobre todo, un espacio terapéutico que acompañe con compasión lo que antes fue rechazado o invalidado.

    “Sanar la personalidad” es, en muchos casos, volver a darle al yo lo que no recibió en los años más vulnerables de su historia.


    La personalidad no es una condena, sino una construcción. Una historia psíquica que se formó en contacto con la vida, con los vínculos y con el entorno emocional. Comprenderla desde una mirada psicológica nos permite distinguir entre los rasgos que nos permiten adaptarnos, y aquellos que, cuando se vuelven inflexibles o extremos, generan sufrimiento.

    Hablar de trastornos de la personalidad no es reducir a nadie a un diagnóstico, sino abrir la posibilidad de que eso que hoy causa dolor pueda ser comprendido, acompañado y transformado. Con el apoyo adecuado, muchas personas logran habitarse con mayor calma, profundidad y libertad.

    Nombrar lo que pasa por dentro es también una forma de volver a casa.


    Bibliografía

    American Psychiatric Association. (2014). DSM-5: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Editorial Médica Panamericana.

    Millon, T. (2004). Trastornos de la personalidad: Más allá del DSM-IV. Masson.

    Young, J. E., Klosko, J. S., & Weishaar, M. E. (2003). Terapia de esquemas: Guía práctica para el trabajo clínico. Desclée de Brouwer.

    Linehan, M. M. (2015). DBT: Terapia dialéctica conductual para el tratamiento del trastorno límite de la personalidad. Desclée de Brouwer.

    Fonagy, P., & Bateman, A. (2010). Tratamiento basado en la mentalización para el trastorno límite de la personalidad. Paidós. Kernberg, O. (1996). Trastornos graves de la personalidad. Paidós.